Sálvenme energías inexplicables. Sálvenme de la indiferencia.
No puedo creer ni pensar realmente en nadie, absorta en el hecho de llenar sus expectativas, por mi sólo deseo de autoperdón. Y yo nunca me perdonaré... Yo vivo de las migajas de la autocompasión. Yo veo el abismo en los ojos que me sonríen. ¿A quién sonríen? ¿A mí, o a un ideal que satisface su orgullo? ¿A mí, o a la afirmación de sí mismos? No puedo ya creerme totalmente aquí...
Me resultan desgastantes los nuevos rostros. Ellos prometen felicidades en las que mi cuerpo tiembla como si caminara en una cuerda floja. Ellos son nuevas evaluaciones, nuevos precios a pagar para saciar el ideal universal..., hermanos con los que me he enemistado por no sentir para mi las fraternidades, ni creerlas. No puedo ni deseo confiar. Lejana está la complicidad.
Y si mañana salgo a la calle con una lágrima pintada en la mejilla, una remera brillante gris y los pelos bellamente desprolijos, será sólo para mí. Y si digo una linda frase, me río como si nada y los miro con supuesta profundidad, será sólo para mí... Si bailo con el lenguaje del erotismo, si me depilo las piernas y si ahora escribo, es en el fondo sólo para mí. Para mí que no soy yo, porque yo, como todo ser vivo, necesito incondicionalidad.
Sálvenme energías, sálvenme de la indiferencia hasta de mí misma.
La identidad, ese maldito asunto.
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