De un salto halló la niebla y perforando,
la mugre con su aliento
abrió su tibia carne y ahogó enteros
sus huesos.
La fiebre que algún día alzó sus ojos
al fruto de los tiempos
ahora le encendía el grito eterno
del descenso.
Porciones de la tierra nuestros cuerpos
se mezclan encontrando
la razón y exalan en el trance
el canto de su madre.
Si las pieles no entonaron aunque oyeron
la voz enraizada,
(cuando el cuerpo sólo estuvo de adorno
doliendo su existencia)
es que el grito de la tierra hubo implorado
su nuevo retorno.
La vida es valle y colina...
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